San Ignacio tenía claro que su deseo más profundo era identificarse con Jesucristo. Lo que no tenía tan claro era cómo hacerlo ni qué medios utilizar para emprender este desafío. Así, en una época de grandes debates, de conflictos eclesiales y de críticas al clero, Ignacio cae en la cuenta de que si quería entrar en diálogo con los demás para comunicar el Evangelio, debía estar bien formado. Por ello es sumamente cuidadoso de su vida espiritual. También va a la universidad, una tras otra, de Alcalá a Salamanca hasta recalar en París.
Ignacio vio claro la necesidad de una formación de calidad debido a su propia experiencia y a la experiencia de sus compañeros, los primeros jesuitas, quienes gracias a su buena formación, pudieron ser enviados a misiones de gran responsabilidad por el mundo entero. Esta realidad lo llevó a plasmar en las Constituciones de la Compañía de Jesús un lugar primordial para la formación jesuita. Todo aquel que deseaba vivir su vocación en la Compañía debía formarse bien para poder servir de la mejor manera allí a donde fuera enviado. |
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Desde entonces el joven jesuita debe seguir una formación exigente y prolongada. No se trata de ir a toda prisa, sino de “gustar internamente” de todo, porque cada etapa propuesta es una etapa llena de desafíos y de posibilidades. La Compañía es heredera de una larga tradición espiritual e intelectual que trata de mantener viva con creatividad. Aunque no todo jesuita va a dedicarse a la vida académica, todo jesuita debe estar listo para vivir en permanente formación, abierto al diálogo fundamentado pero sin fundamentalismos, en diálogo con la cultura y la sociedad de su tiempo. Este diálogo con la cultura es una tradición no solo de la Compañía sino también de la Iglesia. |