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"San Ignacio de Loyola y la Virgen "
   

Son conocidas las visiones que tuvo Ignacio de Nuestra Señora. En las imágenes presentadas en el óleo, observamos dos situaciones. La inferior, en la que un demonio mortifica y atormenta al futuro santo. La segunda, ya en ejercicio de su santidad, Ignacio asiste a una visión en la que se le aparece la Virgen y el Señor. La sucesión de planos diagonales ubica en la misma dirección al joven Ignacio enfermo, y al santo en pleno éxtasis. Este recurso de juegos temporales en una misma composición, nos permite vislumbrar la evolución de la espiritualidad ignaciana. Tras un periodo de luchas y conflictos, deviene el momento de la confianza y la ascensión a la experiencia de lo trascendente.

María es presentada a los pies de Jesús Resucitado en actitud jubilosa y misericorde, como queriendo compartir con San Ignacio la mayor alegría, la fiesta de la resurrección. Tras Ignacio, un ángel le sirve de compañía. Llama poderosamente la atención los contrastes en la expresión facial de nuestro santo. Mientras es atormentado por el demonio, su rostro denota crispación. Sin embargo, en la medida que asiste a la presencia divina, su rostro indica paz, confianza y plenitud. En ese sentido, el autor del lienzo supo establecer los extremos de ambos comportamientos de forma acertada.

Todas las características nos llevan a clasificar a esta obra dentro del barroco general. Aunque se vislumbran algunas huellas de elementos mestizos en la pintura, sobre todo al momento de establecer la escala de los cuerpos. El manejo del color es acertado, muestra equilibrio y sobriedad. Sin ser una obra de pretensiones, llega a vislumbrarse oficio en el ejecutante y una capacidad para comunicar certeramente símbolos y acontecimientos.

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UNIVERSIDAD ANTONIO RUIZ DE MONTOYA - Programa de Humanidades
 
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